NICOLE KIDMAN Y EL PAPEL QUE ACABO DE MANOS Y ACABO HACIENDO HISTORIA.

 NICOLE KIDMAN Y EL PAPEL QUE ACABO DE MANOS Y ACABO HACIENDO HISTORIA.

Cuando El lector (The Reader) llegó a los cines en 2009, lo hizo envuelta en ese aire de prestigio solemne que acompaña a las historias que parecen nacer ya con vocación de premio. Adaptación de la novela del alemán Bernhard Schlink, la película fue dirigida por Stephen Daldry y escrita por David Hare, un tándem perfecto para transformar un drama literario en cine de alta intensidad emocional. Pero detrás del resultado final, había un giro inesperado: la protagonista que todos daban por segura no fue la que terminó frente a la cámara.

El rodaje había arrancado cerca de Berlín, en los míticos estudios de Babelsberg, con un reparto que, sobre el papel, prometía elegancia y contundencia: Nicole Kidman, Ralph Fiennes, Bruno Ganz y el joven actor alemán David Kross como Michael en su etapa adolescente. Sin embargo, cuando el proyecto ya estaba en marcha, Kidman tuvo que apartarse por un motivo tan simple como irreversible: estaba embarazada de su primera hija con Keith Urban, con quien se había casado apenas un año antes. Un cambio de última hora que podría haber desestabilizado cualquier producción… pero que, curiosamente, terminó alineando los astros.

Porque El lector no se resintió. Al contrario.

La sustitución no sólo no dañó el impulso de la película, sino que acabó por regalarle una de esas interpretaciones que se convierten en sello. Durante un tiempo, muchos pensaban que la carrera hacia el Oscar sería casi un paseo triunfal para quien encabezara ese papel. Y aun así, aquella temporada venía cargada de titanio: Meryl Streep por La duda, Angelina Jolie por El intercambio, Anne Hathaway por La boda de Rachel y Melissa Leo por Frozen River. Un quinteto que decía mucho del nivel de la competición.

Pero la estatuilla terminó en unas manos muy concretas: Kate Winslet.

Ella fue quien interpretó finalmente a Hanna Schmitz, y no sólo ganó el Oscar a la Mejor Actriz, sino que arrasó en la temporada de premios con una autoridad incuestionable: BAFTA, Globos de Oro, Critics Choice, Premios del Cine Europeo… como si el papel la hubiera estado esperando desde el principio.

Y lo más curioso es que, en realidad, sí: la estaba esperando.

Porque Winslet había sido la primera elección para encarnar a Hanna. El problema fue de calendario, no de deseo. En aquel momento, la actriz estaba inmersa en el rodaje de Revolutionary Road, donde volvía a compartir pantalla con Leonardo DiCaprio después de Titanic, bajo la dirección de Sam Mendes, que entonces era su marido. El timing no cuadraba… hasta que de pronto, con la salida de Kidman, todo volvió a abrirse como una puerta que el destino no había terminado de cerrar.

Winslet aceptó. Y el resto es historia.

Ella misma lo describió con la serenidad de quien sabe que atravesó una zona emocional extrema: hacer El lector y Revolutionary Road al mismo tiempo fue, para ella, un ejercicio casi brutal de entrega. Dos personajes distintos, dos viajes de dolor y contradicción, dos interpretaciones sostenidas por el riesgo. “Quizá los dos personajes más desafiantes y gratificantes de mi carrera”, llegó a decir, consciente de que pocas veces el cine obliga tanto… y recompensa tanto.

Incluso la noche del Oscar tuvo un matiz de ironía hermosa, casi de guion perfecto: el premio le fue entregado por un grupo de leyendas encabezado por Shirley MacLaine, Halle Berry, Sophia Loren, Marion Cotillard… y Nicole Kidman, la actriz que pudo haber sido Hanna y que terminó entregándole el galardón a quien ocupó su lugar.

En pantalla, El lector se instala en la Alemania de posguerra, donde las heridas del pasado todavía están vivas aunque nadie se atreva a tocarlas. Michael Berg, un chico de 15 años, conoce a Hanna Schmitz, una mujer enigmática con la que inicia una relación secreta, íntima y marcada por una extraña mezcla de deseo, dependencia y misterio. Pero esa historia se corta de golpe: Hanna desaparece sin explicación, dejando detrás una ausencia que pesa como una cicatriz.

Ocho años después, Michael ya es estudiante de Derecho. Y entonces, el pasado regresa de la manera más inesperada: la vuelve a ver, pero ya no como amante ni como recuerdo, sino en un contexto que lo trastoca todo, abriendo una herida moral difícil de cerrar y obligándolo a enfrentar preguntas que no tienen respuesta cómoda.

Al final, El lector no sólo es una película sobre un amor desigual o un secreto. Es una historia sobre memoria, culpa, educación emocional y el peso de lo que no se dice, pero también sobre el azar que decide ciertas cosas a último minuto: un embarazo, una agenda imposible, un casting que se mueve… y una actriz que, cuando por fin entra en escena, convierte el papel en algo que nadie puede imaginar en otras manos.

Y así, casi sin quererlo, el cambio de protagonista terminó siendo lo que elevó la película al lugar donde quería estar desde el principio: en esa franja del cine que duele, incomoda… y se queda contigo mucho después del último plano.



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