MERYL STREEP Y EL ACTOR POR EL QUE DECIDIO SER ACTRIZ.
Hay carreras que se construyen con premios, récords y títulos, y otras que se explican mejor a través de las influencias que las atraviesan. En la de Meryl Streep, esa influencia tiene un rostro inconfundible: Robert De Niro. No como mito distante, sino como modelo íntimo, como referencia artística que marcó una forma de entender la interpretación mucho antes de que ella se convirtiera en “la reina de Hollywood”.Cuando Streep habla de De Niro no lo hace desde la admiración superficial, sino desde la observación profunda. Lo ha definido como un faro creativo, una guía constante durante décadas. No por su fama, ni por sus premios, sino por su forma de trabajar: obsesiva, precisa, honesta hasta la incomodidad. Un actor que no tolera la falsedad en escena, que persigue la verdad emocional plano a plano, toma a toma, sin atajos ni artificios.
Ese impacto no fue teórico, fue directo. Taxi Driver no solo consolidó a De Niro como uno de los grandes intérpretes de su generación; también funcionó como una revelación para Streep. La manera en la que construyó a Travis Bickle —desde la inmersión total en la realidad del personaje hasta la creación de una psicología rota y contradictoria— le mostró que el cine podía ser un territorio tan profundo como el teatro. No era solo actuar: era habitar un cuerpo, una mente, una mirada.
Poco después llegaría El cazador, el primer cruce entre ambos. En una película dominada por hombres heridos por Vietnam, el personaje de Streep se mueve en los márgenes, casi en silencio. Su Linda no necesita grandes discursos: observa, acompaña, sostiene. Es una presencia emocional más que narrativa, un punto de equilibrio entre la devastación masculina y la humanidad que resiste. Ahí ya estaba todo: la contención, la inteligencia interpretativa, la capacidad de decirlo todo con muy poco.
Luego vendrían más encuentros: Amor a primera vista, La habitación de Marvin. Colaboraciones separadas en el tiempo, pero unidas por una misma lógica: dos actores que entienden el trabajo como un proceso serio, exigente, casi artesanal.
Mientras tanto, la carrera de Streep se expandía en todas direcciones. Del drama íntimo a la épica romántica, del realismo descarnado al musical luminoso, de Sophie a Francesca, de África a Madison, de Broadway a Hollywood. La versatilidad se convirtió en su sello, pero el núcleo permaneció intacto: rigor, verdad, sensibilidad, precisión.
Hoy, con más de cinco décadas de trayectoria, 21 nominaciones al Oscar y tres estatuillas, Streep es una institución. Pero su historia no se entiende solo desde el reconocimiento, sino desde ese primer espejo creativo en el que se miró. De Niro no fue solo un compañero de reparto: fue una brújula artística.
Porque a veces la grandeza no nace del talento aislado, sino del diálogo entre miradas. Y en ese cruce silencioso entre dos generaciones de intérpretes se construyó, sin discursos grandilocuentes ni gestos épicos, una de las trayectorias más sólidas y respetadas de la historia del cine.

De entre todas las peliculas que han protagonizado juntos De Niro y Meryl Streep, solo tres... no tantas; me quedo con Enamorarse, y creo que hoy día en mi modesta opinión sigue están entre lo mejor de sus filmografías especialmente la de ella.
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