LA SINFONIA DE GASES INTESTINALES QUE PARALIZARON EL RODAJE DE "LA PRINCESA PROMETIDA".
En Hollywood hay una máxima que resume mejor que ninguna otra su naturaleza imprevisible: “Nadie sabe nada”. La formuló William Goldman, uno de los guionistas más versátiles y brillantes que ha dado el cine americano, capaz de pasar de Misery a Dos hombres y un destino con la misma naturalidad con la que la industria pasa del éxito al desastre. Goldman no se excluía de la ecuación: tampoco él era infalible. Y quizá por eso su frase ha sobrevivido como una verdad incómoda, válida tanto para explicar fracasos sonados como milagros creativos inesperados.Uno de esos milagros nació, precisamente, de la falta de ideas. En un momento de bloqueo, Goldman decidió preguntar en casa qué tipo de historia debería escribir. La respuesta de sus hijas fue tan simple como reveladora: princesas. Aquel comentario doméstico acabaría cristalizando en La princesa prometida, una película que el tiempo transformó en obra de culto y que dejó para siempre una de las frases más icónicas del cine popular: “Me llamo Íñigo Montoya. Tú mataste a mi padre. Prepárate a morir”.
El rodaje, según las múltiples anécdotas que han ido emergiendo con los años, fue tan caótico como feliz. Billy Crystal improvisaba sin freno hasta provocar ataques de risa que obligaban a detener las tomas, incluso cuando la víctima era el propio Rob Reiner, incapaz de mantener la compostura tras la cámara. Todo parecía fluir con una ligereza poco habitual en una producción de estudio.
No todo, sin embargo, fue idílico. A las pocas semanas, Reiner decidió rebelarse contra la gastronomía británica y organizar una barbacoa: su estómago ya no toleraba más fish and chips. Esa misma comida, o quizá el cúmulo de excesos, tampoco sentó demasiado bien a André el Gigante, el colosal luchador profesional convertido en actor, cuya presencia imponía tanto como desarmaba. Pese a su tamaño —2,24 metros fruto de la acromegalia que marcó su vida y su salud—, todos lo recuerdan como un hombre tímido, afable y sorprendentemente delicado.
André arrastró problemas médicos durante toda su vida y falleció prematuramente a los 46 años por una insuficiencia cardíaca. Pero en el rodaje dejó una de las historias más recordadas —y menos heroicas— del cine de los años ochenta. Durante una escena con Cary Elwes, no pudo contenerse más y, según el propio actor, liberó “uno de los pedos más monumentales que ninguno de nosotros había oído jamás”.
Elwes lo describió después como un acontecimiento casi sobrenatural: una “sinfonía de malestar gástrico” que se prolongó durante varios segundos y pareció sacudir los cimientos del decorado. El resultado fue inmediato: un ataque de risa colectivo que paralizó el rodaje durante más de una hora. Cada nuevo intento de retomar la escena acababa del mismo modo, con alguien rompiendo a reír y obligando a empezar de nuevo. Quizá necesitaban tiempo… o simplemente airear la habitación.
Así, entre genialidad, caos, princesas improvisadas y gases legendarios, La princesa prometida se convirtió en la prueba definitiva de que William Goldman tenía razón: en Hollywood, nadie sabe nada. Y, a veces, precisamente por eso, surgen las películas que perduran.

Una autentica joya del cine, que precisamente la emitieron ayer por televisión, a mi personalmente cada vez que la vuelvo a ver me gusta mas.
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