LA MITICA ESTRELLA ESPAÑOLA QUE PUDO FALLECER JUNTO A JAMES DEAN.
El mito de James Dean quedó sellado para siempre con una sonrisa. Una sonrisa capturada en una fotografía tomada el 28 de septiembre de 1955, apenas dos días antes de su muerte y once después de grabar un anuncio en el que pedía prudencia al volante. El rostro del actor aparece relajado, casi festivo: la corbata floja, las manos a medio camino entre el gesto y el aplauso, la risa compartida por un detalle mínimo y revelador, un anillo femenino en su meñique izquierdo. Nada en esa imagen anticipa el final.A su lado, provocando esa alegría fugaz, hay una mujer que no pertenece al imaginario habitual del Hollywood de los cincuenta. Es española. Manchega. De Campo de Criptana. Su nombre completo —María Antonia Alejandra Vicenta Elpidia Isidora Abad— es tan largo como innecesario, porque el mundo ya la conoce como Sara Montiel, o simplemente Sarita. Un año antes figuraba en los títulos de crédito de Veracruz con el mismo peso tipográfico que Gary Cooper y Burt Lancaster, incluso por delante de nombres que luego serían leyenda como Ernest Borgnine o Charles Bronson. En aquella fotografía, Sara Montiel acompaña a James Dean en su última imagen pública… y estuvo a punto de acompañarlo también en su último viaje.
El verano de 1955 situó a Sarita en el centro de un Hollywood que todavía parecía invulnerable. Rodaba Dos pasiones y un amor (Serenata) bajo la dirección de Anthony Mann, el hombre con el que encontraría el amor, más sólido que el de la ficción, y que acabaría convirtiéndose en su primer marido. No fue la primera española en abrirse camino en la meca del cine —ese mérito ya lo había logrado Conchita Montenegro, la llamada “Greta Garbo española”—, pero sí una de las que vivió esa experiencia con mayor intensidad y cercanía a los grandes nombres.
En los mismos estudios de la Warner donde Sarita compartía rodaje con Joan Fontaine, Mario Lanza y Vincent Price, se filmaba una película destinada a la historia: Gigante. Los descansos para comer se convertían en encuentros improbables. Así, Sara Montiel compartía mesa y conversación con Elizabeth Taylor, Rock Hudson y el propio James Dean, ajenos todos a que el tiempo ya estaba corriendo en su contra.
La lista de figuras con las que se cruzó Montiel durante aquellos años resulta hoy casi inverosímil: Alfred Hitchcock, Marlene Dietrich, Greta Garbo, Ingrid Bergman, Frank Sinatra, Henry Fonda, Kirk Douglas, Yvonne de Carlo o Marlon Brando, a quien la actriz preparó unos huevos fritos con ajo de los que presumiría toda la vida. Quizá pudo contarlo porque, en el último momento, una llamada la reclamó para rodar unas escenas y no subió al Porsche 550 Spyder que James Dean acababa de estrenar y que terminaría estrellado en una carretera de California.
Dean tenía 24 años. El mito nació a toda velocidad.
Sara Montiel, en cambio, continuó su camino hasta el 8 de abril de 2013. Su último trayecto fue muy distinto. No hubo asfalto californiano ni motores rugiendo, sino un lento recorrido por la Gran Vía de Madrid, con las pantallas de los cines Callao despidiendo a la actriz con imágenes de sus películas. El coche fúnebre avanzaba despacio, a una velocidad infinitamente menor que la de aquel Porsche que, casi medio siglo antes, pudo cambiarlo todo.

A veces el trabajo o una simple llamada telefónica puede salvar una vida. Creo que era cosa del destino, no había llegado su momento.
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