EL OJO CRITICO
REPARTO: TOM BLYTH, RUSSELL TOVEY, MARIA DIZZIA, CHRISTIAN COOKE, GABE FAZIO, AMY FORSYTH, JOHN BREDFORD LLOYD, DANUS FRASER, JASON NGO, HENRY STOCKWELL, SAM ASA BRPOWNSTEIN, JOSEPH EMMI SR.
DIRECTORA: CARMEN EMMI
MÚSICA: EMILY WELLS
PRODUCTORA: MAGNOLIA PICTURES
DURACIÓN: 95 min.
PAÍS: ESTADOS UNIDOS
La historia que cuenta Plainclothes podría resumirse con facilidad: un hombre atrapado en el armario, la culpa, la violencia interior. Pero Carmen Emmi entiende desde su debut que el interés no está en el qué, sino en el cómo. Su película no avanza tanto por la narración clásica como por la sensación, por la forma en que el miedo y el deseo se filtran en la imagen hasta convertirse en atmósfera. Más que explicar, Plainclothes se siente.
La película se mueve en un terreno resbaladizo entre el thriller y el melodrama queer, y lo hace con una apuesta formal radical. Emmi construye el relato como si se tratara de material rescatado de distintas épocas y soportes: VHS gastado, 16mm granulado, cámaras policiales, vídeos domésticos. No hay aquí fetichismo retro ni alarde gratuito. Cada textura responde a un estado emocional, a una fractura interna del protagonista. La imagen inestable, la luz abrasada, los encuadres incompletos traducen visualmente la ansiedad de alguien que vive permanentemente en tensión consigo mismo.
Lucas, el personaje central, es un policía que participa en operaciones de entrapment, cazando hombres homosexuales mientras intenta negar su propia identidad. Ese conflicto no se verbaliza, se encarna. Tom Blyth ofrece una interpretación física y contenida, sostenida en la respiración, en la rigidez del cuerpo, en miradas que parecen siempre a punto de quebrarse. Frente a él, Russell Tovey aporta una fragilidad terrenal, casi luminosa, que humaniza la relación y la vuelve insoportablemente vulnerable. Entre ambos se construye un vínculo condenado de antemano, filmado con el pulso nervioso de un thriller y la delicadeza de un amor que no puede existir a plena luz.
El ritmo de la película es uno de sus grandes aciertos. Plainclothes arranca con una frialdad casi clínica, cercana al registro documental, y poco a poco va dejando aflorar la tormenta emocional que hierve bajo la superficie. Emmi sabe cuándo callar, cuándo alargar una pausa incómoda, cuándo dejar que un plano respire más de lo habitual. No hay subrayados ni discursos explicativos. La experiencia consiste en habitar el miedo, compartirlo, sentir cómo se acumula en cada silencio.
Es cierto que el tema no es nuevo. El armario, la represión, la culpa han sido abordados innumerables veces. Pero aquí se renuevan gracias a una estructura fragmentada y a una puesta en escena que entiende el cine como lenguaje emocional. El clímax no llega como liberación, sino como choque. Y el final, abrupto y devastador, rehúye cualquier consuelo: no quiere cerrar heridas, quiere ser honesto.
Puede que la ambición formal de Emmi juegue en su contra en algunos momentos, rozando el exceso. Pero incluso en sus desequilibrios, Plainclothes deja claro que hay una mirada detrás de la cámara. Una voz autoral que no teme incomodar, ni exigir al espectador que sienta antes de entender. Y eso, hoy, es mucho más que una promesa.


Muy mala. Fotografía granulada y borrosa en el mejor de los casos, en el peor parece un video VHS de una copia pirata de una pelicula; lenta y aburrida; solo hacía el final coge un hilo argumental que se hace medianamente interesante, pero pronto se rompe. El trabajo actoral lo mejor.
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