EL CINE DE LOS AÑOS 70
EL ESPÍRITU DE LA COLMENA (1973)
REPARTO: FERNANDO FERNAN GOMEZ, ANA TORRENT, ISABEL TELLERÍA, LALY SOLDEVILA, TERESA GIMPERA, JOSE VILLASANTE, MIGUEL PICAZO, KETTY DE LA CAMARA, JUAN MARGALLO, ESTANIS GONZALEZ
DIRECTOR: VICTOR ERICE
MÚSICA: LUIS DE PABLO
PRODUCTORA: C.B. FILMS PRODUCCION
DURACIÓN: 98 min.
PAÍS: ESPAÑA
Hay películas que exigen una disposición especial, casi un pequeño ritual previo. El espíritu de la colmena es una de ellas. Conviene acercarse con el cuerpo en calma, la mente despejada y, si se puede, con algún estímulo añadido que empuje a cruzar su umbral. En mi caso, ese empujón era enfrentarme a la que muchos consideran la cima absoluta del cine español.
El inicio no resulta complaciente. Su tempo pausado, deliberadamente moroso, invita a la sospecha: la sensación de estar ante una obra densa, incluso árida, planea durante buena parte del primer tramo. Pero algo empieza a suceder sin que uno se dé cuenta. Superado ese umbral inicial, la película de Víctor Erice va envolviendo al espectador en una atmósfera que ya no responde a las leyes del relato convencional, sino a las de la sugestión. El filme deja de avanzar para empezar a flotar, y el espectador, casi sin resistencia, se deja arrastrar.
Lo que emerge entonces es una experiencia más cercana a lo sensorial que a lo narrativo. La música, de un lirismo suspendido, acompaña imágenes que parecen existir por sí mismas, cargadas de una poesía visual que no necesita explicaciones. Los silencios adquieren una densidad casi física: el viento golpeando la llanura, el fuego crepitando, los murmullos infantiles, el canto doliente de un gallo. Son sonidos que no ilustran la imagen, sino que la habitan. Y en medio de todo ello, la cámara de Erice, en complicidad absoluta con la fotografía de Luis Cuadrado, se demora en planos largos y estáticos que no buscan informar, sino hipnotizar.
Ese hechizo funciona incluso sin necesidad de descifrar símbolos ni perseguir metáforas. La película se sostiene por la pura fuerza de sus sensaciones, lo suficientemente intensas como para que uno no sienta la urgencia de traducirlas a un significado concreto. Y, sin embargo, está claro que quien quiera adentrarse en sus capas más profundas encontrará un territorio fértil. Quizá en otro momento merezca la pena hacerlo. Hoy, al menos para mí, bastaba con dejarse envolver por su aura, por su misterio intacto.
En el centro de ese magnetismo están los ojos de Ana Torrent. Una mirada que parece contener algo que no se puede nombrar, una mezcla de inocencia, asombro y melancolía que sostiene la película entera. Su presencia no se interpreta: se contempla. Y basta.
Por eso resulta problemático reducir El espíritu de la colmena a una lectura cerrada, especialmente cuando se intenta imponer una interpretación histórica o política rígida. El contexto existe, sin duda, pero no autoriza a forzar alegorías ni a asignar a los personajes funciones ideológicas que el propio guion deja deliberadamente en suspensión. Convertir cada gesto en un mensaje, cada silencio en una consigna, altera la naturaleza misma de la película. Erice no propone un relato histórico disfrazado de fábula, sino justo lo contrario: un universo mítico y poético que se resiste a ser domesticado por lo documental.


Menudo tostón de pelicula donde se intenta hacer en cierta forma un paralelismo entre las historia que nos relata la pelicula y el clásico del cine de terror dirigido por James Whale, Frankenstein. Lo mejor de la pelicula son las escenas del clásico de Whale, lo peor es el ritmo mortecino que invade todo el relato.
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