EL DÍA QUE ROBERT DE NIRO PAGO A SU DENTISTA PARA QUE LE DESTROZARA LA BOCA PARA CONSEGUIR UN PAPEL.
EL DÍA QUE ROBERT DE NIRO PAGO A SU DENTISTA PARA QUE LE DESTROZARA LA BOCA PARA CONSEGUIR UN PAPEL.
Hay decisiones que solo están al alcance de quienes entienden el cine como un acto de fe. Robert De Niro, en uno de los gestos más extremos de su carrera, decidió que no bastaba con actuar: había que deformarse. Para dar vida a Max Cady, ese espectro vengativo que recorre El cabo del miedo, optó por estropearse los dientes de verdad. No prótesis, no trucos de maquillaje. Realidad pura. Cinco mil dólares para destrozarlos, veinte mil más para devolverlos a su sitio después. Un precio elevado, sí, pero también una declaración de principios.Porque De Niro nunca ha sido un actor cómodo. Para él, cada detalle cuenta, incluso aquellos que el espectador apenas puede racionalizar pero sí sentir. Lo ha explicado pocas veces, con esa aversión casi legendaria a las entrevistas, pero siempre vuelve a la misma idea: el personaje debe apropiarse de los elementos físicos del actor, hacerlos suyos, volverlos incómodos si es necesario. Max Cady necesitaba esa sonrisa torcida, amenazante, casi animal. Y De Niro estaba dispuesto a pagarla.
El resultado fue uno de los villanos más inquietantes del cine de los noventa. No el mafioso elegante, ni el boxeador autodestructivo, ni el taxista alienado. Aquí no hay romanticismo ni épica: solo un hombre salido de prisión, cargado de rencor, decidido a arrastrar al infierno a la familia del abogado que no logró salvarlo años atrás. Un antagonista puro, sin redención posible, que convirtió la película en un éxito rotundo de taquilla y le valió al actor una nominación al Oscar.
Pero El cabo del miedo también es una historia de caminos cruzados. Steven Spielberg estuvo a punto de dirigirla, pero algo en el proyecto le resultaba insoportable: la idea de una familia acosada por un maníaco no encajaba con su estado de ánimo. Prefirió mantenerse como productor desde Amblin y pasarle el testigo a Martin Scorsese. Este, por su parte, dudó. Venía de lidiar con la tormenta provocada por La última tentación de Cristo y, al mismo tiempo, tenía entre manos La lista de Schindler. No estaba seguro de tener fuerzas para otro frente de batalla.
La solución fue tan extraña como brillante: un intercambio de proyectos entre amigos, sellado casi por intuición. De ese cruce nacieron dos películas fundamentales del siglo XX. Y, en el proceso, se corrigió una decisión que hoy resulta casi surrealista: Bill Murray llegó a estar sobre la mesa como Max Cady. Bastó una llamada de Scorsese para que De Niro ocupara su lugar y el film encontrara su verdadero rostro.
Treinta años después de la versión de J. Lee Thompson con Robert Mitchum, El cabo del miedo se transformó en algo distinto: más feroz, más físico, más perturbador. Y gran parte de esa huella se debe a una sonrisa rota, a unos dientes sacrificados en nombre del personaje. Pocas veces el método ha sido tan literal.
A veces, el cine no se hace solo con talento. A veces, se hace a mordiscos.

Pero que bestia !!!!!🤣🤣
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