"CAZA HUMANA" Y "EL DIABLO SOBRE RUEDAS", SUS PUNTOS EN COMÚN.

 "CAZA HUMANA" Y "EL DIABLO SOBRE RUEDAS", SUS PUNTOS EN COMÚN.

Antes de que el tiburón asomara sus fauces y antes de que el nombre de Steven Spielberg se escribiera en letras de leyenda, ambos avanzaban a tientas. No juntos, todavía no. Cada uno perseguido por su propia sombra. Uno por la incertidumbre profesional; el otro por una vida llevada al límite. Los setenta los encontrarían en trayectorias opuestas, pero con un destino común que acabaría cruzándolos en alta mar.

Spielberg aún era un muchacho que aprendía a mirar el horizonte como le había enseñado John Ford: colocándolo donde quisiera. Recién comenzada la década, sobrevivía aceptando encargos televisivos mientras soñaba con algo más grande. Entre esos trabajos estaba el episodio inaugural de Colombo, hoy recuperable en plataformas como SkyShowtime o Movistar Plus+, una pieza funcional que le permitía no pasar hambre mientras afinaba su instinto narrativo. A los 24 años, la Universal le concedería un pequeño regalo: un telefilme. No era cine, pero era una oportunidad. El guion, firmado por Richard Matheson, llevaba un título sencillo y contundente: Duel.

Mientras tanto, Robert Shaw apuraba sus días con la intensidad de quien sabe —o intuye— que no habrá tregua. Actor formidable, escritor ocasional y bebedor impenitente, los setenta le ofrecieron dos cumbres interpretativas (El golpe y Tiburón) y un proyecto peculiar: Caza humana. No solo la protagonizó, sino que también firmó el guion, el segundo y último de su carrera. A su lado, Malcolm McDowell; tras la cámara, Joseph Losey, uno de esos cineastas de la hoy olvidada segunda fila dorada de Hollywood, autor de títulos esenciales como El sirviente o El merodeador. Losey y Shaw acordaron no buscar grandeza: querían eficacia, ritmo, un entretenimiento seco y directo.

Ese mismo espíritu recorría, sin que nadie lo supiera aún, El diablo sobre ruedas. Pensada para televisión, la película desbordó pronto ese marco. Cuando la ABC la emitió, quedó claro que se había cometido un error de cálculo: aquello no pertenecía a la pequeña pantalla. Spielberg había filmado un duelo primitivo, casi abstracto, entre un hombre y un camión sin rostro, una persecución sin explicación que condensaba el miedo puro. El tiempo no ha hecho sino confirmarlo: sigue considerándose el mejor telefilme jamás realizado, homenajeado, imitado y, en ocasiones, directamente copiado.

Caza humana tuvo la acogida prevista. La premisa —dos exconvictos seguidos incansablemente por un helicóptero negro— funcionaba como artefacto de suspense sin mayores pretensiones. Duel, en cambio, se convirtió en una declaración de principios. Spielberg había demostrado que sabía tensar el espacio, el tiempo y la mirada del espectador con una precisión quirúrgica. El horizonte ya estaba donde él quería.

Aún faltaba el encuentro. Llegaría tras Loca evasión, ese largometraje simpático y hoy injustamente relegado, y cristalizaría en Tiburón. Allí, Spielberg y Shaw se reconocieron sin necesidad de palabras. Ambos venían de haber sido perseguidos. Uno por la falta de oportunidades, por la duda constante sobre si su talento sería suficiente. El otro por un cuerpo castigado, por el alcohol acumulado en la sangre y por la cercanía de un final prematuro.

Frente al tiburón, con sus trescientos dientes, ambos recuperaron algo parecido a la sonrisa. No era solo una película. Era el momento exacto en el que dos trayectorias errantes encontraron, por fin, una misma dirección.



Comentarios

  1. Curioso, de todas formas el film protagonizado por Robert Shaw es una obra a reivindicar; de "El diablo sobre ruedas" esta todo dicho, incluso salieron imitaciones en la misma década de su producción.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario