ARNOLD SCHWARZENEGGER: 15 MILLONES DE DOLARES Y 700 PALABRAS.
Antes incluso de convertirse en un icono cultural, Terminator 2: El día del Juicio Final ya estaba destinada a marcar un antes y un después. No solo en la carrera de Arnold Schwarzenegger, sino en la historia misma del cine moderno. Estrenada en 1991, la película no tardó en convertirse en el mayor éxito comercial del actor y en uno de los hitos definitivos del cine de los noventa, superando los 520 millones de dólares de recaudación mundial.Para entonces, Schwarzenegger llevaba más de una década dominando la taquilla. Durante los años noventa encadenó éxitos de todo tipo, desde la comedia familiar de Poli de guardería hasta el espectáculo de alto voltaje de Mentiras arriesgadas, sin olvidar Desafío total o Los gemelos golpean dos veces. Era una estrella absoluta, un cuerpo convertido en marca, una presencia capaz de sostener por sí sola producciones millonarias. Pero ninguna de aquellas películas alcanzó el impacto cultural y económico de Terminator 2.
La semilla de todo había sido plantada siete años antes, cuando James Cameron dirigió Terminator con un presupuesto modesto y una ambición descomunal. Aquel relato de ciencia ficción sobre un futuro dominado por Skynet y la lucha desesperada por alterar el destino presentó a Schwarzenegger como una fuerza imparable, un villano casi abstracto, frío y mecánico. El éxito fue inmediato y dio lugar a una saga que se extendería durante décadas, con resultados cada vez más irregulares.
Sin embargo, Cameron nunca quiso repetir la misma película. Para la secuela, su intención era dar un giro radical al concepto: invertir los roles, profundizar en la paradoja entre destino y libre albedrío y señalar al ser humano como el verdadero responsable de su propia destrucción. El Terminator seguiría siendo el mismo, pero ya no vendría a matar, sino a proteger. Sarah Connor dejaría de ser una víctima para convertirse en una figura endurecida, casi legendaria, mientras que John Connor pasaría a ocupar el centro emocional del relato.
El proyecto exigía paciencia. Cameron necesitaba que la tecnología alcanzara el nivel necesario para materializar sus ideas, especialmente la creación del T-1000, un Terminator de metal líquido que debía resultar creíble y aterrador. Tras los avances logrados en The Abyss, el director supo que había llegado el momento. El presupuesto se disparó hasta superar los 100 millones de dólares, pero el riesgo fue recompensado con creces.
En paralelo, el estatus de Schwarzenegger había cambiado por completo. De cobrar apenas 75.000 dólares en la primera Terminator, pasó a exigir 15 millones por la secuela. Era una cifra reservada a muy pocos nombres en la industria, y se convirtió en leyenda al saberse que apenas pronunciaba algo más de 700 palabras. Frases que, sin embargo, se grabaron a fuego en la memoria colectiva. Cameron lo resumiría con humor y lucidez: no se le pagaba por hablar, sino por estar.
Terminator 2 no solo fue un espectáculo imponente; redefinió el uso del CGI y abrió el camino a todo el cine que vendría después. Sin ella, no existirían Parque Jurásico, Matrix o Titanic tal y como las conocemos. Y sin ella, el cine de los noventa —aquel cine— habría sido muy distinto.

Muy buena pelicula que revoluciono en su día el campo de los efectos visuales. Que bueno era el cine de entonces.
ResponderEliminar