UNA RAZÓN PARA VIVIR Y UNA PARA MORIR (1972)

 EL CINE DE LOS AÑOS 70

UNA RAZÓN PARA VIVIR Y UNA PARA MORIR (1972)
REPARTO: JAMES COBURN, BUD SPENCER, TELLY SAVALAS, JOSE SUAREZ, UGO FANGAREGGI, GEORGES GERET, REINHARD KOLLDEHOFF, GUY MAIRESSE, BENITO STEFANELLI, FRANCISCO SANZ, ADOLFO LASTRETTI, ANGEL ALVAREZ
DIRECTOR: TONINO VALERII
MÚSICA: RIZ ORTOLANI
PRODUCTORA: ATLANTIDA FILMS
DURACIÓN: 112 min.
PAÍS: ITALIA, FRANCIA, ESPAÑA, ALEMANIA
En el marco de la guerra de Secesión, concretamente en 1862, Tonino Valerii sitúa la acción de una de sus incursiones más serias en el western mediterráneo. Rodada en los siempre reconocibles parajes almerienses —captados con una fotografía colorista y sugerente de Alejandro Ulloa—, la película se inserta con naturalidad dentro de la trayectoria del director italiano, responsable de títulos como Taste of Killing, Hired Gun, El precio del poder, Mi nombre es ninguno y, sobre todo, el espléndido El día de la ira.


Frente a las inclinaciones más cínicas o humorísticas de otras obras suyas, aquí opta por un tono más grave y concentrado en la acción, especialmente durante su tramo final. El argumento parte de un dispositivo sencillo pero eficaz: un coronel degradado, interpretado por un James Coburn en su registro habitual —contenimiento, eficacia, una presencia que impone sin necesidad de subrayados— recibe la misión de encabezar un comando formado por siete delincuentes condenados a muerte. Asesinos, ladrones y desertores componen este grupo, entre los que destaca un hombre acusado de robar medicinas para revenderlas. La promesa de conmutar sus penas actúa como incentivo para acometer la tarea: asaltar el Fuerte Holman, en Nuevo México, actualmente en manos de los confederados.

El dispositivo recuerda inevitablemente a Doce del patíbulo (1967), no solo por la estructura del grupo, sino también por la presencia en el reparto de Telly Savalas, que aquí encarna a un incapaz Mayor Ward al frente de la fortaleza. No es el único eco cinematográfico: la arquitectura del fuerte evoca aquel que ya aparecía en El Cóndor. Aun así, la película se empeña en desarrollar un estilo propio, combinando un sentido del ritmo irregular —hay fragmentos dilatados en los que la tensión se resiente— con estallidos de violencia que culminan en un asalto final tan prolongado como sangriento.

El guion perfila a la mayoría de los personajes de manera funcional, sin excesiva profundidad, aunque concede espacio a las interpretaciones más inspiradas del conjunto: Coburn y Mario Adorf (o Spencer, según versión), quienes protagonizan un cierre memorable tras la masacre del fuerte, intercambiando dos frases que condensan la trayectoria de ambos personajes. Él: «Hoy he matado por primera vez en mi vida». Y la respuesta: «Y yo por última». Un instante que aporta una inesperada resonancia moral a un relato dominado casi por completo por la acción.

A pesar de la aparente densidad bélica —con más de ochocientos disparos y un número de caídos que roza el exceso—, la cinta encuentra algunos momentos de distensión. Entre ellos destaca la secuencia del baile en el pueblo, una celebración efímera motivada por la falsa noticia del fin de la guerra, que introduce un respiro antes de que la violencia vuelva a imponerse. Es también una muestra del modo en que Valerii articula pequeñas escenas de interés dentro de un conjunto que por momentos se alarga más de lo necesario.

En el reparto, la presencia de Spencer como pícaro de calidad discutible puede inducir al espectador a pensar en las comedias que solía compartir con Terence Hill, pero aquí el tono es otro, sin lugar para la parodia ni el desparpajo burlesco.

La película se toma a sí misma en serio, evitando toda astracanada y apuntando hacia un western de corte más seco y contundente. A fin de cuentas, sin ser un título particularmente original ni sobresaliente, ofrece un entretenimiento sólido y una aproximación honesta al género. Un film que, sin deslumbrar, cumple con lo que promete y confirma una vez más la habilidad de Valerii para moverse en las coordenadas del western europeo con notable solvencia.




Comentarios

  1. Buen western que bebe de dos fuentes, por un lado el film bélico Los doce del patíbulo, y me cachis porque son ocho, que sino podría ser una nueva entrega de la saga de Los siete magníficos. Entretenida, buenas escenas de acción, buena música de Riz Ortolani y buenas interpretaciones en general.

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