TIERRAS PERDIDAS (2025)
REPARTO: MILLA JOVOVICH, DAVE BAUTISTA, ARLY JOVER, AMARA ORENEKE, FRASER JAMES, SIMON LOOF, DEIRDRE MULLINS, SEBASTIAN STANKIEWICZ, TUE LUNDING, JACEK DZISIEWICZ, IAN HANMORE, EVELINE HALL, KAMILA KLAMUT
DIRECTOR: PAUL W.S. ANDERSON
MÚSICA: PAUL HASLINGER
PRODUCTORA: CONSTANTIN FILMS
DURACIÓN: 101 min.
PAÍS: ALEMANIA, ESTADOS UNIDOS
Hay nombres en el cine cuya sola presencia en un cartel funciona como declaración de intenciones. El de Paul W. S. Anderson pertenece a esa estirpe: no tanto una garantía como un aviso. No es el Anderson de Magnolia, sino el otro, aquel que ha convertido el pulp digital en su territorio natural y que, con sorprendente regularidad, continúa levantando proyectos que parecen concebidos para sobrevivir en un ecosistema de videoclub que ya apenas existe. Resulta casi admirable que, tres décadas después, siga viviendo exactamente de lo que quizá muchos desearían: rodar lo que le apetece, como le apetece, y hasta presumir de ello.
Tierras perdidas prolonga esa senda sin desviarse un milímetro. Puede verse como un híbrido curioso, un cruce entre la serie B de Robert Rodríguez y las rutinas de Albert Pyun, teñido por el barniz digital de un Zack Snyder de presupuesto reducido. El film abraza un formato de cómic sintético rodado íntegramente en estudio, autoconsciente, desvergonzado y, por momentos, ingenuo. Anderson apuesta por la síntesis: va al grano, se deshace de todo rodeo, y despliega con convicción su pequeña mitología de héroes, criaturas y mundos imposibles. El problema es que, al despojarlo de adornos, la falta de vigor visual se vuelve más evidente. Carece de la contundencia plástica que Snyder impone incluso en sus excesos, y sin sus recursos económicos el artificio queda expuesto.
Lo paradójico es que, pese a la condición de explotación que marca su cine, Anderson todavía estrena en salas mientras otros compañeros de estética grandilocuente han migrado al streaming. Esa resistencia al cambio, casi romántica, no logra enmascarar la realidad: Tierras perdidas es uno de esos productos mínimos que sobreviven porque se ruedan por inercia. El montaje convulso, un guion que presume de trono pero carece de juego y la avalancha digital convierten sus poco más de noventa minutos en un ejercicio hueco, apenas sostenido por la presencia de Dave Bautista y la inevitable Milla Jovovich, eterna compañía y emblema de esta filmografía.
Hubo un tiempo en que Anderson era “el otro Anderson” en sentido positivo, el que venía de Horizonte final o Soldier, el que aún sugería posibles. Hoy su firma implica otra cosa: una rutina empobrecida, delgada, casi reducida al esqueleto de lo que un día fue su ambición. Tierras perdidas no escapa a ese destino. Es un artefacto barato y agotado, una reiteración que certifica que, por desgracia, el nombre de Paul W. S. Anderson funciona más como señal de advertencia que como reclamo.


Si una esta predispuesto en este batiburrillo de géneros (western, aventuras medievales, espada y brujería, terror, cine apocalíptico,...) puede que se lo pase bien; en mi caso me resulto bastante cargante. Milla Jovovich mal y Dave Bautista correcto.
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