¿QUÉ FUE DE PAUL HOGAN?.
Para toda una generación, la figura de un australiano con sombrero de ala ancha quedó asociada a una lección tan improbable como inolvidable: bastaba un gesto de la mano, dedos estratégicamente dispuestos, para imponer respeto incluso a un perro. Aquella enseñanza, aprendida frente al televisor y puesta en práctica en patios y parques, tenía un origen claro: Cocodrilo Dundee, una película que terminó ocupando un lugar inesperado en la memoria colectiva de los años ochenta y noventa.
Estrenada en 1986, la primera entrega fue mucho más que una comedia simpática. Se convirtió en uno de los mayores éxitos comerciales de su tiempo —solo superada ese año por Top Gun— y llegó incluso a competir por el Oscar al mejor guion. Lo curioso es que nada de eso entraba en los planes de su protagonista y creador, Paul Hogan, quien durante el rodaje estaba convencido de que participaba en una producción modesta, casi pensada para el mercado televisivo australiano. El fenómeno internacional lo tomó completamente por sorpresa.
Durante años circuló una historia tan atractiva como falsa: la de Hogan como auténtico cazador de cocodrilos, trasladando su propia vida a la pantalla. El propio actor se encargó de desmentirla. La semilla de Cocodrilo Dundee no nació en los pantanos, sino en una ciudad vertical y ajena: Nueva York. En su primera visita, tras pasar toda su vida en Australia, Hogan se sintió desubicado, extranjero en cada esquina. De ese choque cultural surgió la idea del personaje, un hombre de campo enfrentado a la jungla urbana con ingenuidad, carisma y una lógica muy particular.
Hay un detalle casi simbólico en la película que conecta directamente con la biografía de su protagonista. En una de las primeras escenas aparece el puente de la bahía de Sídney, reluciente tras una reciente remodelación. Hogan había trabajado allí mismo, años antes, manejando cargas pesadas. Fue en ese periodo cuando alguien le sugirió presentarse a un concurso de talentos. Lo hizo, ganó, y aquel triunfo casual marcó el inicio de una carrera tardía y atípica. No es habitual que una estrella internacional debute rozando los cincuenta años, pero Hogan nunca encajó en los moldes habituales de Hollywood. Nacido en 1939, como Ian McKellen o Harvey Keitel, su éxito llegó cuando otros ya acumulaban décadas de filmografía.
Cocodrilo Dundee transformó su vida de manera radical. Profesionalmente, lo catapultó a una fama global; personalmente, lo unió sentimentalmente a su compañera de reparto, Linda Kozlowski, con quien se casó y de la que se divorciaría, amistosamente, en 2014. La saga tuvo tres entregas, repartidas entre 1986 y 2001, aunque para muchos el recuerdo permanece anclado en aquella primera película, irrepetible en su frescura.
Tras el éxito, la trayectoria de Hogan fue discreta. Participó en proyectos puntuales, como Flipper, donde compartió pantalla con un jovencísimo Elijah Wood, y regresó décadas después con una curiosa pirueta metacinematográfica: The Very Excellent Mr. Dundee (2020), en la que se interpretaba a sí mismo. Allí coincidía con Jacob Elordi, otro australiano destinado a cruzar fronteras, aunque con una naturalidad distinta para moverse entre rascacielos.
Hoy, Cocodrilo Dundee permanece como una cápsula de su tiempo: una comedia nacida del choque cultural, del azar y de una biografía poco común. Y Paul Hogan, lejos de mitos exagerados, encarna mejor que nadie esa idea de éxito tardío e inesperado, surgido no de la ambición desmedida, sino de saber reírse de uno mismo cuando el mundo parece demasiado grande.

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