LO QUE TENDRÍA QUE RECAUDAR "AVATAR 3" PARA SER UN EXITO DE TAQUILLA.
Más de quince años después de que Avatar redefiniera lo que significaba un éxito comercial, James Cameron vuelve a situar a Hollywood ante el mismo dilema: hasta dónde puede estirarse la épica sin que las cifras se conviertan en una amenaza. Avatar: Fuego y ceniza, tercera parada en el viaje a Pandora, no es solo uno de los estrenos más esperados de 2025; es también una apuesta económica de dimensiones casi irreales.
El regreso al universo na’vi está fechado para diciembre de 2025, con estreno en España el día 19. Cameron retoma el relato junto a Jake Sully y Neytiri, de nuevo encarnados por Sam Worthington y Zoe Saldaña, acompañados por la ya conocida familia Sully. A su alrededor orbitan viejos aliados y enemigos —Sigourney Weaver, Stephen Lang, Kate Winslet— y un reparto coral que amplía el mundo de Pandora con nombres como Oona Chaplin, Cliff Curtis, Edie Falco, David Thewlis, Giovanni Ribisi o Jemaine Clement. El guion vuelve a llevar la firma del propio Cameron, junto a Rick Jaffa y Amanda Silver, garantía de continuidad creativa dentro de la saga.
Narrativamente, Fuego y ceniza se adentra en un territorio más áspero, tanto en lo visual como en lo moral. La acción se desplaza hacia regiones volcánicas y paisajes más áridos, alejándose del dominio acuático de El sentido del agua. La amenaza humana sigue presente, pero ya no es el único conflicto: Cameron ha adelantado que la película explora fracturas internas entre los propios na’vi y plantea dilemas más complejos, con un tono más sombrío que pone a prueba a Pandora… y a la familia Sully desde dentro.
Pero si la historia promete tensión, el verdadero vértigo está en los números. La producción de Avatar: Fuego y ceniza supera holgadamente los 400 millones de dólares, una cifra a la que hay que sumar una campaña promocional mundial que podría elevar el gasto total hasta una horquilla de entre 500 y 575 millones. Son cantidades que sitúan a la película entre las más caras jamás realizadas.
La explicación está en la propia naturaleza de la franquicia. Avatar no se limita a rodar películas: construye tecnología. Cada entrega implica años de desarrollo técnico, desde sistemas de captura de movimiento hasta entornos digitales de una complejidad extrema. En la segunda película, buena parte del tiempo se invirtió en crear herramientas que permitieran rodar escenas submarinas con el nivel de realismo que exigía Cameron. Aunque ahora ese camino ya está abierto, la maquinaria sigue siendo costosa, alimentada además por un reparto amplio y por los acuerdos de participación en beneficios del propio director.
Con este escenario, la rentabilidad se convierte en una carrera de fondo. En la lógica de la industria, una superproducción necesita recaudar al menos dos veces y media su presupuesto para empezar a generar beneficios reales, debido al porcentaje que se quedan las salas de cine. Aplicado a Fuego y ceniza, eso implica superar la barrera de los 1.000 millones de dólares solo para no entrar en pérdidas.
El precedente de Avatar: El sentido del agua sirve como recordatorio. Sus 2.320 millones de dólares recaudados en todo el mundo parecían una cifra inalcanzable, pero tras el reparto de ingresos entre exhibidores y mercados internacionales, el beneficio neto para el estudio se redujo a poco más de 1.000 millones. Un éxito colosal que, aun así, necesitó romper todos los récords para justificar su existencia económica.
Así, Avatar: Fuego y ceniza llega a los cines como lo que siempre ha sido la saga: un espectáculo total, una demostración de poder creativo… y una prueba de resistencia financiera. Cameron vuelve a jugar a lo grande, consciente de que, en su cine, el riesgo forma parte inseparable del viaje.

Casi nada y en los tiempos que corren donde no brillan las grandes recaudaciones.
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