DICEN QUE ES UNA OBRA MAESTRA Y DURA MAS DE SIETE HORAS.
Cuando España otorgó el Premio Formentor a László Krasznahorkai el pasado año, muchos celebraron que el país se adelantara, siquiera por unos meses, al veredicto de la Academia Sueca. Para los cinéfilos, sin embargo, su nombre no necesitaba presentación: sus apellidos ya asomaban desde hacía décadas en los créditos turbadores de El caballo de Turín o Armonías de Werckmeister. Y, sobre todo, en la más inabarcable de todas las obras que comparte con Béla Tarr: Sátántangó, disponible en Filmin y convertida en una suerte de rito iniciático para quienes se adentran en el slow cinema.
A partir de Tango satánico, la novela que Acantilado publica en España, Tarr levantó una película-monolito de 450 minutos que cristaliza la estrecha colaboración entre director y escritor. De los nueve largometrajes que Tarr rodó, Krasznahorkai está presente en cinco, siempre decisivos, ya sea como guionista o como autor de la obra adaptada. En Sátántangó confluyen ambas facetas: la densidad literaria del húngaro —párrafos dilatados, casi sin respiración ni puntuación— se transforma en un tejido visual extremo, donde cada plano exige al espectador una entrega semejante a la disciplina de la lectura.
El contraste con el cine contemporáneo se vuelve revelador. Mientras las películas actuales se alargan en duración pero aceleran su ritmo interno —con mil planos en una cinta promedio y hasta dos mil en una de acción—, Tarr se instala en el extremo opuesto. Títulos como Doomsday: El día del juicio pueden superar los cuatro mil planos en menos de dos horas, reduciendo la permanencia media de cada corte a apenas cuatro segundos, y aún menos en sagas como El ultimátum de Bourne o Iron Man 3. En Sátántangó, por el contrario, esos cálculos se suspenden: con apenas 172 planos, su metraje supera el de toda la trilogía de El señor de los anillos. Es decir, frente a los 3,4 segundos de Michael Bay, aquí cada plano se estira hasta rozar los dos minutos y medio.
Ese tempo descomunal convierte a Sátántangó en el emblema absoluto del slow cinema, esa corriente en la que, como recordaba Paul Schrader al referirse a Tarkovsky, el tiempo no es medio, sino la propia sustancia del relato. Tarr y Krasznahorkai sumergen al espectador en un territorio sin consuelo, una llanura asolada donde el viento parece ser el único dueño de la vida. La violencia inesperada, gratuita y casi ritual se abre paso entre ruinas emocionales. En su célebre y devastadora secuencia del gato —cuarenta minutos de agonía minuciosa— se alcanza uno de los puntos más controversiales de la película. El director insistió en que el animal salió indemne. Muchos espectadores, en cambio, no lo hicieron.
Sátántangó no solo desafía al ritmo del cine actual; lo desarma, lo desnuda. Frente a la multiplicación frenética de planos que coloniza la mayoría de las superproducciones, la obra de Tarr reclama al espectador una relación con el tiempo que ya casi no se practica. Y tal vez por eso, cuando Krasznahorkai recibió su Nobel, más de uno evocó, antes que sus novelas o sus frases interminables, la fantasmagoría de esos planos eternos, ese universo glacial donde la desesperanza duela tanto como su belleza.

No se si se podría aguantar en una sala de cine una pelicula de esta duración toda de golpe. Necesidades mandan. 😂
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