EL 👀 CRITICO
TIBURÓN BLANCO: LA BESTIA DEL MAR (2025)
REPARTO: MARK COLES SMITH, JOEL NANKERVIS, TRISTAN McKINNON, STEVE LEE MARQUAND, MAXIMILIAN JOHNSON, SAM DELICH, SAM PARSONSON, LEE HALLEY, MASA YAMAGUCHI, LAUREN GRIMSON, MATTHEW SCULLY
DIRECTOR: KIAH ROACHE-TURNER
PRODUCTORA: WELL GO USA ENTERTAINMENT
DURACIÓN: 87 min.
PAÍS: AUSTRALIA
Antes incluso de que el tiburón haga su entrada, Beasts of War revela cuál es su verdadera naturaleza: una película que aspira a más de lo que su presupuesto permite, pero que encuentra precisamente ahí parte de su identidad. Su puesta en escena recurre a trucos que recuerdan al cine artesanal de los setenta—cámara inquieta, gotas de agua deliberadamente estampadas en el objetivo, iluminación casi teatral—y construye un océano que es menos geográfico que emocional, más psicológico que real.
Curiosamente, buena parte del metraje se rodó en una piscina de estudio camuflada con fog machines, lona oscura y luz rasante para simular horizontes inexistentes. Esta decisión técnica, lejos de disimular sus limitaciones, termina por otorgarle cierta fisicidad analógica que remite al exploitation que emergió tras Jaws. Incluso se empleó un tiburón animatrónico en algunos planos cercanos, detalle que conecta con clásicos como Piraña o La bestia bajo el asfalto.
Lo insólito es que el film no comienza como una aventura marina. La historia se abre en plena Segunda Guerra Mundial, con un grupo de soldados aliados y prisioneros australianos atrapados tras un ataque, intentando sobrevivir entre desconfianzas y silencios hostiles. Esa parte bélica, con sus clichés transparentes y su visión excesivamente maniquea de australianos y japoneses, resulta sin embargo la base más sólida de toda la experiencia. Allí se definen tensiones, personalidades y dilemas que luego serán devorados, literalmente, por la irrupción del enorme tiburón blanco.
Cuando el escualo aparece, el relato cambia de piel. No abraza el terror puro, sino la erosión psicológica. Se convierte en una suerte de one place movie flotante en el que la balsa es un territorio límite y el mar, un enemigo lento e implacable. La película prospera en la ansiedad sostenida, en la supervivencia más desnuda, aunque su insistencia en esconder los efectos digitales mediante planos cerrados y tomas desde el agua termine por delatar la modestia del proyecto.
Aun así, hay algo digno en su empeño. Beasts of War jamás se entrega al guiño fácil ni al autoparodia. Se aferra a la seriedad incluso cuando las circunstancias podrían haber empujado el relato hacia lo ridículo, y esa decisión la hace más respetable de lo que parece.
Como curiosidad adicional: el director confesó en una entrevista que uno de los guiños más discretos del film es el número de la balsa, “75-B”, un homenaje explícito al estreno de Jaws en 1975. Apenas aparece un segundo, pero es un pequeño tributo que subraya de dónde viene su ADN.
En conjunto, la película nada en aguas mixtas: drama histórico, thriller de supervivencia y criatura marina conviven en un equilibrio siempre precario, pero sorprendentemente no se hunde. Entre lo irregular y lo inesperado, entre lo artesanal y lo ambicioso, Beasts of War encuentra un sabor propio, casi nostálgico, que la distingue dentro del océano saturado del cine de tiburones.


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