SIN OXIGENO (2025)

 EL 👀 CRITICO

SIN OXIGENO (2025)
REPARTO: WOODY HARRELSON, SIMU LIU, FINN COLE, CLIFF CURTIS, MYANNA BURING, MARK BONNAR, JOSEF ALTIN, BOBBY RAINSBURY, CONNOR REED, NICK BIADON, RIZ KHAN, ALDO SILVIO, KEVIN NAUDI, BRETT MURRAY, CLAUDIU BACIU
DIRECTOR: ALEX PARKINSON
MÚSICA: PAUL LEONARD-MORGAN
PRODUCTORA: FOCUS FEATURES
DURACIÓN: 93 min.
PAÍS: REINO UNIDO
La claustrofobia es quizá el primer enemigo al que se enfrenta el espectador de Sin oxígeno. No porque la película busque el sobresalto fácil, sino porque sabe reproducir con precisión quirúrgica la sensación de estar encerrado en una cápsula diminuta, pendiente de un cable que podría fallar en cualquier momento. Yo mismo, en más de una ocasión, me descubrí respirando hondo para compensar lo que estaba viendo. Esa presión constante, tan propia del trabajo de los buzos de mantenimiento de tuberías en las profundidades del norte de Escocia, se convierte en la esencia dramática del filme.


Paradójicamente, lo más singular de esta adaptación cinematográfica es que ya existía una obra previa que contaba exactamente la misma historia: Last Breath, el documental en el que los auténticos protagonistas narraban el accidente que los marcó para siempre. Ambos proyectos comparten director, Alex Parkinson, pero allí donde el documental exponía la crudeza de las voces quebradas de quienes estuvieron allí, la película opta por actores impecables y una recreación más pulida, aunque también más efectista. Simu Liu trepando por un cable o una banda sonora en crescendo cumplen su función, pero no logran superar la contundencia emocional del recuerdo real.

Sin embargo, el largometraje tiene un valor propio que conviene subrayar. Su estructura panorámica —un verdadero giro de 360 grados alrededor del accidente— permite entrar en cada rincón del suceso: el equipo de tres buzos, sus vidas personales, los mandos que intentan coordinar un rescate desde la distancia, los trabajadores del barco que luchan contra una deriva inesperada. Nadie sale indemne de esa cadena de desgracias que, sin culpables concretos, desencadena una pesadilla donde la sangre fría es el único recurso disponible.

Lo notable es que la película funciona igual de bien en una pantalla gigante que en la comodidad del salón. En el cine, los paisajes submarinos, los buzos enfundados en esa especie de Iron Maiden acuática y el coloso metálico moviéndose entre tinieblas resultan sobrecogedores. Pero en televisión, los espacios reducidos cobran un dramatismo especial, casi íntimo, que acentúa la tensión entre personajes obligados a comunicarse a gritos, temblorosos, conscientes de que cada segundo cuenta.

Y entre todos ellos aparece Woody Harrelson, siempre magnético incluso cuando simplemente atraviesa un pasillo estrecho. Su presencia aporta un peso humano que equilibra la espectacularidad técnica del conjunto.

El único problema de Sin oxígeno no está en lo que muestra, sino en con qué compite. Frente a la autenticidad del documental, la versión ficcionada pierde parte de su impacto emocional. Si el interés de quien se acerca al suceso es puramente informativo, probablemente el documental resulte más sólido. La película, aun así, es totalmente válida: un thriller dramático tenso, preciso en su duración y honesto al abordar un accidente que, pese a su gravedad, no fue fruto de una negligencia, sino de una sucesión de circunstancias desafortunadas.

Solo añadiría una advertencia: si padeces claustrofobia, Sin oxígeno puede convertirse en una experiencia extrema. Y quizá, por eso mismo, es tan eficaz.




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