PISTOLEROS EN EL INFIERNO (1972)

EL CINE DE LOS AÑOS 70
PISTOLEROS EN EL INFIERNO (1972)
REPARTO: JEFF BRIDGES, BARRY BROWN, JOHN SAVAGE, ED LAUTER, JIM DAVIS, DAVID HUDDLESTON, JOHN QUADE, DAMON DOUGLAS, JERRY HOUSER, GEOFFREY LEWIS, JEAN ALLISON
DIRECTOR: ROBERT BENTON
MÚSICA: HARVEY SCHMIDT
PRODUCTORA: PARAMOUNT PICTURES
DURACIÓN: 93 min.
PAÍS: ESTADOS UNIDOS
En los albores de los años setenta, cuando el western buscaba reinventarse y desprenderse del mito heroico, Robert Benton debutó con una película que parecía querer devolver al género su polvo, su cansancio y su humanidad. Escrita junto a David Newman —la dupla responsable de Bonnie and Clyde—, esta obra es menos una epopeya que una deriva, una travesía incierta por un Oeste que ya no se parece al de los sueños, sino al de los desengaños.

La historia se inicia en St. Joseph, Misuri, punto de partida simbólico para un grupo de jóvenes desertores de la Guerra de Secesión. Ninguno tiene rumbo claro, ni propósito definido, más allá de huir: del reclutamiento, de la muerte o quizá de sí mismos. Lo que encuentran en el camino no son los legendarios guerreros nativos que la imaginación colectiva había convertido en amenaza, sino otros enemigos más reconocibles: forajidos, vigilantes y, sobre todo, la desconfianza mutua.


Esa fragilidad del vínculo —la traición y el perdón como caras de la misma moneda— sostiene buena parte de la película. El protagonista, Drew Dixon (Barry Brown), es un joven de fe metódica y moral limpia, enviado al Oeste por una familia que ya ha sacrificado demasiado a la guerra. En su primera parada es asaltado por un pícaro con sonrisa de oro, interpretado por un jovencísimo Jeff Bridges. Entre ambos nacerá una camaradería ambigua, forjada entre engaños, peleas y rescates, que acabará arrastrándolos junto a otros cuatro muchachos en una ruta sin mapa ni destino.

La película avanza en episodios dispersos, como fragmentos de una memoria polvorienta: un granjero sin dinero que ofrece a su esposa por unos dólares, un encuentro con bandidos que se adelantan siempre a sus pasos, la escena, simple y perfecta, en la que Bridges enseña a despellejar una liebre. Son momentos que alternan la crudeza con el humor, la ternura con la torpeza juvenil, y que Benton filma con una naturalidad que desmonta cualquier idea de épica.

En su aparente falta de dirección —esa sensación de que el relato vaga igual que sus personajes— reside precisamente su sentido. Este western no busca el clímax ni la redención, sino el retrato de una generación que, a diferencia de los pistoleros del pasado, no tiene causa que defender ni tierra que conquistar. Con su tono seco, sus diálogos lacónicos y un leve barniz de ironía, la película de Benton se convierte en un fresco de desencanto y tránsito, un coming of age disfrazado de western.

El mito del Oeste, aquí, se descompone entre la desilusión y la intemperie, y de su polvo nace un retrato más real: el de unos jóvenes que no caben ni en la historia ni en la leyenda, y que simplemente caminan, sin saber a dónde.



Comentarios

  1. Antecesora de westerns como Intrépidos forajidos. A mi personalmente no me gusto, se le intenta dar un tono realista al producto y un no se que crepuscular, pese a desarrollarse en plena guerra civil norteamericana, para mi floja y a ratos aburrida, lo mejor son los actores veteranos como Geoffrey Lewis, Ed Lauter, David Huddleston, Jim Davis y John Quade.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario