LOS DOS SECRETOS MEJOR GUARDADOS DE DICK VAN DYKE PARA LLEGAR AL CENTENARIO.
Cada aparición pública de Dick Van Dyke en este tramo final de su vida parece irradiar una mezcla de lucidez, humor y gratitud. A las puertas de cumplir un siglo, el mítico intérprete —rostro inolvidable de Mary Poppins y Chitty Chitty Bang Bang— se ha convertido en una presencia entrañable en entrevistas y reportajes, donde repasa tanto su carrera, con más de ochenta títulos entre cine y televisión, como su vida íntima, marcada desde 2006 por la relación con Arlene Silver, maquilladora a la que conoció en una gala del Sindicato de Actores.
En una conversación reciente con People, Van Dyke explicaba que alcanzar los cien años no es un misterio, sino una combinación de actitud vital y afectos sólidos. Curiosamente, la primera clave que menciona no tiene que ver con dietas ni rutinas de ejercicio, sino con algo mucho más profundo: la capacidad de vivir sin odio. Para él, renunciar a la ira ha sido un motor esencial para seguir adelante. Reconoce, con su habitual ironía, que nunca fue especialmente disciplinado, pero siempre supo que la rabia consume por dentro, del mismo modo que vio consumir a su propio padre. Loren Van Dyke, comercial de galletas saladas que recorrió incansablemente el país, falleció en 1972 a causa de un enfisema, víctima del desgaste constante que lo acompañó durante años.
El segundo secreto que menciona el actor tiene un nombre propio: Arlene Silver. Con 46 años menos, la describe como el apoyo que le inyecta energía cuando el cuerpo ya empieza a resquebrajarse. Ella, dice, consigue que se sienta “dos tercios” de la edad que marca el calendario, una broma que es también una confesión de dependencia afectuosa. Hace apenas unas semanas, Van Dyke se permitía bromear sobre la posibilidad de no llegar a los cien, pero ahora aborda ese horizonte con más calma, agradecido por “una vida tan maravillosamente plena y emocionante”.
Es cierto que los achaques le han robado agilidad y que cada vez afronta con más dificultad las tareas cotidianas, pero su despedida del cine tuvo algo de cierre poético. En El regreso de Mary Poppins (2018), volvió al universo que lo convirtió en un icono y selló un ciclo que parecía destinado a quedar abierto. Después llegó alguna participación esporádica en televisión, prueba de que el oficio nunca dejó de acompañarlo.
Dicen que cumplir cien años es un privilegio; en el caso de Van Dyke, parece también una consecuencia natural de haber vivido sin rencor y de haberse permitido amar —y ser amado— hasta el final.

En parte no va mal encaminado con su filosofía de vida.
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